Presuntos Implicados

ene 2011

Presuntos Implicados

Mirándolo de frente, la muchacha decidió por quinta vez que era un árbol muy bello. No por algo lo visitaba desde su niñez, después de cada jornada y no por algo le regalaba horas de palabras dulces y sutiles con un cariño verdadero.

©VivaStock

-Tengo ganas de besarte. -dijo el árbol con una voz melodiosa, trató de comunicarlo en voz baja, pero últimamente ya nada llevaba esos parámetros.

-No puedes. Eres un árbol y los árboles simplemente no se meten con mujeres.

Mirándolo de frente, la muchacha decidió por quinta vez que era un árbol muy bello. No por algo lo visitaba desde su niñez, después de cada jornada y no por algo le regalaba horas de palabras dulces y sutiles con un cariño verdadero. Era verdad. Y no sintió ganas de negarlo: Los árboles no se metían con chicas.

-No me importa. Te conozco hace mucho, y creo que deseas lo mismo.

El rubor incipiente calló la respuesta instantánea, la joven mujer giró despacio para contemplarlo de cuerpo entero con la tez colorada. Su cabello se revolvió con el viento y una mirada extraña afloró de sí. Levantó una ceja y habló.

-El tiempo no justifica acciones. Y sé que lo sabes mejor que yo.

Así terminó la plática del cuarto día de la semana. Era la primera vez que todo se volvía más rápido de lo normal, o por lo menos, así lo decidió Irene. Se fue por el mismo lugar que había llegado, devolviéndose por los pasos que marcaba cada Jueves durante toda su niñez y juventud y con la misma indiferencia fiel que plasmaban sus idas. Cada visita en los últimos meses acababan así: Con la misma frase y respuesta requerida, y aunque no lo admitiera, denotaba un lazo singular entre ambos.

La semana siguiente llegó con la misma sensación de siempre. Bajó por la calle hasta llegar al parque, cruzó la larga avenida de álamos, saludó a los niños de balancín, tiró un par de monedas a la pileta, compró un paquete de cabritas y avanzó hasta el final. A aquel sitio donde el regado automático no llegaba y las atenciones del jardinero parecían disminuir considerablemente. Ahí estaba el sauce, que sonrió ante su llegada y dejó partir a los pájaros que se encontraban en la cima como señal de bienvenida.

-Te estaba esperando. -habló con la misma dicha atávica de siempre. Daba a pensar que por generaciones, aquel tono de voz había perdurado.

-Lo sé. Pero es que el día está hermoso, ayer llovió y no pude dejar de contemplar un poco más el paisaje en el camino.

-Ya veo… –carraspeó- los álamos siempre han sido los más populares.

Irene dejó sus cosas en el suelo y se sentó en la base con actitud distraída, apoyó su espalda en lo que fuera su acompañante mas real e irreal que algún día pudo haber encontrado y cerró los ojos. La quietud era fantástica, un sentimiento inescrutablemente atrayente. Habló con actitud burlona.

-¿Estás celoso?

El sauce soltó una pequeña risa, para respirar con movimientos pausados y opinar vivaz.

-No, por dios. Verás, no puedo negar que son ejemplares dignos de admiración: Son altos, con hojas verdes y relucientes, un tronco firme y aquella actitud de supremacía que los caracteriza.

Separando su espalda del tronco, la muchacha subió su mano hacia la frente para tapar el sol y vislumbrar al sauce que parecía maquinar unas palabras forzadas. Curvó los labios y retrucó con una actitud sencilla.

-Sigo pensando que estás celoso.

Irene contempló como sus palabras hicieron efecto, el rubor cubrió aquel semblante arbóreo que lo caracterizaba. A fin de cuentas, ya lo conocía hace mucho.

-Bueno. No te equivocas. Quizás pueda estarlo.

©Wataru Yanagida

Luego de unos pasos, una mujer con un niño en brazos y un coche aparecieron ante ellos, por lo cual el sauce recobró compostura, mostrándose firme y magno. No por nada era uno de los árboles más grandes del lugar y, por supuesto, no podía flaquear ante las visitas.

El niño bajó de un salto de los brazos maternos, corrió hacia el sauce con una risa efervescente y lo recorrió por completo con una mirada infantil. Entonces, no dudó en tomar las lianas y colgarse de ellas con ímpetu de Tarzán, a lo cual el árbol demostró una mueca de desagrado. Irene rió en silencio ante la escena: soportar aquel suplicio era cosa de todos los días.

-Hijo, ya vamos.

La voz de la madre llegó como una oración bendita, a lo que el pequeño asintió y soltó las hojas para dirigirse al lugar donde la mujer lo esperaba con una mano abierta. Ambos se fueron de la misma manera en que llegaron, dejando a Irene y al Sauce nuevamente solos ante el silencio. Pues la chica no quiso volver a hablar. Se quedó contemplando el cielo fino, con nubes despeinadas y pájaros que insistían en repartir el canto una y otra vez.

-Hoy estás muy ensimismada.

La mujer respondió con un suspiro.

-¿Tienes algo que decirme, Irene? -el sauce bajó una de sus ramas para cubrir el sol que pegaba directamente al rostro de la joven, la cual se mantuvo estática ante el acto.

-Anteayer se me ha declarado un chico. -murmuró sin más ni menos. No le enfrentó a la cara, pero tales palabras se vieron explícitamente unidas por la incomodidad y sentimientos escuetos difíciles de definir.

La respuesta llegó minutos después. La brisa estival cayó tímidamente, Irene levantó la cerviz y volvió a cerrar los ojos para entregarse a la situación. Algo nuevo y extrañamente sorpresivo afloraba bajo su esternón. No sentía algo así desde hace mucho, tanto, que ya había olvidado el nombre que se le daba a este tipo de situaciones.

-¿Cómo se llama él?

-Gabriel.

-¿Gabriel cuanto?

-Gabriel. Sólo Gabriel.

El coloquio acabó allí. Irene tomó sus cosas y partió sin más, se llevó el bolso al hombro, quitó un par de hojas secas de sus cabellos y volvió a inspirar tímidamente. No giró a verlo, pero supo dentro de sí, que hoy -más que nunca- las lianas caerían con melancolía, acentuando aquel aire triste que lo caracterizaba. No escuchó el usual deseo de un beso, ni siquiera unas palabras especiales. Esta semana sería larga. Muy larga. Y el Jueves se vería lejano. Tan lejano como las pisadas que ahora los distanciaban.

De forma sagrada, Irene volvió después de días confusos, sin violar el omiso pacto de visitas entre ambos que llevaba arraigado dentro de sí hacía años. Llegó luego de la rutina, pausada y con su usual paquete de cabritas en la mano. Se sentó a los pies del sauce y volvió a apoyar su cabeza en aquel tronco que reemplazaba cualquier vestigio real de descanso.

-Me gustaría llamarme Gabriel -comentó el sauce con la voz dulce de siempre.

-Gabriel es un nombre bello y armonioso. Pero no te calza.

-¿Te gusta a ti?

-Sí… Pero no es tuyo.

La madre con el niño en brazos y el coche aparecieron, el pequeño volvió a correr hacia el sauce con los brazos abiertos y dejó el camión de juguete a un lado para cumplir su afán semanal. Enunció gritos de la selva, se colgó un par de veces, se golpeó el pecho con los puños cerrados, para luego correr a la llamada de su madre que lucía exhausta ante tanto ajetreo propio de niñez. Ante la ida, el sauce suspiró y volvió a fijar su mirada en Irene. Esta vez, sus ojos lucieron grandes y acogedores, al mismo tiempo que una de sus lianas tocó el cabello de la chica.

-Me gustaría besarte, Irene.

La aludida apartó el gesto lentamente con una mano, dedicándole una tez tranquila. Inclinó las cejas e intentó por millonésima vez encontrarle un sentido a todo esto. No a la relación, más bien a esas sensaciones indómitas que afloraban en su cuerpo y que no hacían más que dejarla inestable. Estuvo a segundos de responder con la evasiva de siempre, pero murmuró sin rodeos.

-Acepté la propuesta de Gabriel.

Entonces, partió nuevamente. Irene tomó sus cosas y caminó lejos. Tampoco le devolvió alguna mirada o un gesto escondido que señalara algo más que un corte. Ahora las hojas cafés esparcidas por el suelo hacían cada vez más difícil su retorno a la realidad, y los pasos, firmes para marcar el camino se hacían lentos y torpes. El otoño estaba en su cúspide.

©Design Pics/Gregory Byerline

Al llegar, el siguiente Jueves, al lugar donde el sauce llorón habitaba, Irene ya llevaba una bufanda gruesa alrededor del cuello y guantes de lana gruesa en ambas manos. El suelo estaba húmedo, por lo cual no pudo sentarse y el viento impedía más estabilidad. Simplemente apoyó la espalda en el árbol, que se mantuvo enmudecido y pertinaz ante cualquier palabra, y miró hacia el cielo para contemplar como las hojas caían y caían a su alrededor. Nadie dijo nada, ni siquiera apareció la madre con el niño Tarzán. Irene regresó a casa con el mismo mutismo de siempre.

Pasaron al menos cuatro visitas en las cuales todo fue igual. Hasta que un día, en el cual la lluvia caía con la suavidad característica de una caricia, Irene llegó al lugar con un paraguas en mano y la misma actitud de siempre. Apoyó su espalda y soltó la coleta de su cabello para evitar que el frío amenazara su cuello.

-No deberías estar aquí. -el sauce habló luego de semanas de mudez intransigente.

La chica giró junto con el vaho huidizo que escapaba de su boca. Lo miró de frente, y por primera vez apoyó una de sus manos sobre el tronco húmedo, descascarado. Inspiró, y como quien responde a una pregunta no emitida, habló cordial, con los ojos llenos de brillo.

-Miguel. Tú te llamas Miguel.

Esa vez, no hubo un silencio instantáneo, ni miradas y sentimientos irreales. Irene sintió el aroma a tierra húmeda en sus narices, la piel partida en sus manos pequeñas, los labios carnosos tocando los suyos con timidez. Percibió el aspecto verdáceo de las facciones de su acompañante, quien le entregó un calor distinto, diferente a los que había sentido en su vida.

Irene no estuvo segura de que sus ojos fueran cafés o aguamarina, o quien sabe, pero aquél aliento fresco no lo olvidaría jamás, menos la presencia monumental que algún día le pareció ciertamente triste. Esta vez fue ella quien tomó sus lianas, acarició los cabellos, murmuró palabras guardadas por mucho tiempo y simplemente se dejó llevar. El paraguas cayó al suelo y ese Jueves terminó de la misma manera inesperada.

La siguiente semana, Irene arribó con una andar más fluido de lo acostumbrado. Las hojas conglomeradas ya no aparecían en el camino y el día lucía reluciente y fresco. Hizo lo de siempre: cruzó la larga avenida de álamos, saludó a los niños sonrientes del balancín, tiró un par de monedas a la pileta, compró un paquete de cabritas y avanzó hasta el final. Esta vez si, había algo distinto: el sauce ya no estaba.

Con las manos en los bolsillos y el entrecejo fruncido, trató de buscarle alguna respuesta veraz a todo lo que sucedía, pero era muy simple y no necesitaba gran proceso mental. Al contemplar como un viejo sacaba con una pala restos de raíces firmes, el por qué vino de forma apresurada, interrogando al anciano que lucía sudoroso y parco ante su mirada quieta.

-Ya estaba muy viejo, cualquiera de estos días se hubiera caído sin más.

El viejo escupió a un lado y continuó con su labor, la muchacha se quedó en el mismo lugar de siempre, con las manos en los bolsillos y más silenciosa que nunca. Observó cómo se llevaban en una carretilla los restos de su máximo confidente y sintió lentamente como se abría un gran agujero en el estómago. No corrió, ni gritó, ni especuló alguna atrocidad al sentir como el machete cortaba violentamente alguno de las fuertes piernas de Miguel, y ni siquiera fue capaz de apartarse del sitio ante lo que ocurría frente a sus ojos.

Unos pasos la hicieron girar repentinamente; el niño Tarzán frenó en seco a su lado ante la imagen del amante caído. Con el rostro conmocionado, el pequeño se acercó rápidamente al lugar, desparramando materiales e interrumpiendo labores estrictas de municipalidad para preguntar nuevamente al viejo.

-¿Y el árbol?

-Ya no estará, niño. Ve a jugar al balancín.

La madre llegó al lado de Irene, quien solamente ahora pareció recobrar la compostura y el color de su piel. Le habló, mirando el sitio ahora vacío.

-Vaya, al parecer estaba lleno de termitas.

Irene no respondió. Para ella, ese árbol siempre le recordaría a todo, menos a termitas.

El niño, decepcionado ante la imposibilidad de poder continuar su juego eterno de jungla y selvas inventadas, se acercó a la madre con un puchero y los ojos lacrimosos, le tomó la mano y opinó con voz trivial mientras ambos comenzaban a alejarse.

-Mamá… Ese árbol realmente me gustaba mucho.

-Lo sé hijo, lo sé…

Irene los vio partir apresurados, pero esta vez, algo en ella le impidió callar. Apretó los puños y sintió los deseos de expresión salir de sus poros con ahínco. Llamó al pequeño con la mano en alto y contempló a lo lejos, como sus miradas convergieron. Avanzó hacia él, lo tomó en brazos, rodeándolo con un abrazo acaudalado. Le dijo con lágrimas en los ojos: también lo extrañaré como nunca lo he hecho. LM

©Dorling Kindersley



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  1. 1

    uy, qué triste, me gustó, pero me dio mucha pena…

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