La Adolescencia

jun 2011

La Adolescencia

La adolescencia comienza con los primeros cambios en los caracteres sexuales, los que principalmente ocurren a nivel físico. Emocional y mentalmente, el adolescente sigue siendo niño/a, por lo que experimentará confusión al intuir que es una contradicción viviente: los demás lo verán más bien como un adulto, lo que a veces puede generarles una sensación satisfactoria al verse “grandes”. Sin embargo, no sabrán responder a los requerimientos que se les imponen normalmente en calidad de adultos, por lo que se sentirán frustrados e impotentes.

Están en “tierra de nadie”. Han perdido su cuerpo de niños, sin haber dejado de serlo; y por otro lado han adoptado la apariencia de un adulto, sin haber llegado a serlo. No saben qué se espera de sí mismos, y por otra parte, los adultos no saben qué exigirles y qué no. Han perdido su condición de niños ante la sociedad, y a la vez, han ido ganando terreno en una nueva posición.

Sin embargo no están ni en una ni en la otra posición. Están en un estado intermedio que les provoca angustia ante la incertidumbre y necesidad de aferrarse a algo que los identifique. Esto explica que los adolescentes busquen formar parte de grupos que representen tendencias o costumbres específicas ante las cuales ellos mismos puedan verse reflejados. Ellos necesitan sentir que son parte de algo porque en lo más profundo de su ser, sienten que han perdido su sentido de referencia. Necesitan saber quiénes son. Además, necesitan encontrar esa respuesta y otras, por sí mismos. Cuando niños, todo lo que respondemos cuando nos preguntan algo es la copia de lo que decían nuestros padres o algún referente importante de nuestra familia. Luego, en la adolescencia esto debe cambiar, y por ello es que los adolescentes tienden a alejarse en esta etapa de sus padres, y en lugar de ellos, se acercan a sus pares. Ellos necesitan diferenciarse de su familia de origen y saber que pueden pensar por sí mismos.

Los adolescentes tienden a ser menos comunicativos con sus padres y familia en general. A veces se vuelven contestatarios, rebeldes. Ya no acatan las normas “porque sí”. Ellos comienzan a cuestionar la forma de ser de sus padres porque han comenzado también a dejar de idealizarlos, ya no son los mejores seres del mundo ni tienen la razón en todo. Asumen que también son humanos, y se equivocan.

Instintivamente, puede pensarse que en muchas actitudes rebeldes del (la) adolescente no sólo está la necesidad de diferenciarse de su familia de origen. También existe la necesidad de probar a los propios padres en su capacidad de establecer límites que puedan protegerlos. Otra característica típica de los adolescentes, a propósito de su vivencia imprecisa de no saber si son o no son, de parecer lo que no son y ser lo que no parecen, es la necesidad de afirmar su propia existencia, involucrándose en actividades extremas que comprometan su propia salud o incluso su vida.

Vivir con un adolescente puede llegar a ser tremendamente irritante. Sí, son provocadores, desafiantes, mutistas, antojadizos y caprichosos. Pero todos los que vivimos ya esta etapa podremos empatizar con la vivencia de imprecisión, de difusión, de crisis, de angustia que viven los adolescentes, y reconocer además que es necesaria para un desarrollo psicológico sano. Esta crisis que produce una desestructuración en la identidad infantil, aportará la flexibilidad necesaria para una reestructuración del aparato psíquico en torno a una identidad definida que dará paso a la adultez.

La principal tarea de los padres es mantener los límites establecidos para darles seguridad en esta etapa en donde todo se les vuelve tremendamente inseguro; respetar sus espacios privados, su voluntad de comunicarse y expresar afecto cuando ellos lo estimen conveniente; y en último lugar, pero no menos importante, estar disponible emocionalmente para ellos, favoreciendo el diálogo en la medida de lo posible, sin juzgar ni criticarlos.

En resumen, ellos necesitan nuestro apoyo, pero difícilmente lo pedirán de la manera adecuada porque ni siquiera saben qué es lo que les pasa. Debemos ir un paso más allá y recordar cómo fue nuestra adolescencia, para así poder acercarnos a lo que sienten y tratarlos con la mayor comprensión posible.

Foto Mario Alberto Magallanes Trejo

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