El sol está cesante

sep 2010

El sol está cesante

Cuando llega Invierno, Sol se pone triste, compra un periódico en el kiosco de la esquina y ocupa aquella vieja sombrilla que le regaló su amigo Otoño.

La mañana del 21 de Julio el Sol sabe que su horario de trabajo se reduce, y también conoce muy bien su rutina luego de pasadas las 5 de la tarde. Cada día, después de aquella hora, camina deambulando por las calles de la ciudad. Generalmente, Lluvia es quien lo sustituye, y Noche, perezosa como ella sola, se acomoda plácidamente en el cielo, su ahora lugar de trabajo.

Cuando llega Invierno, Sol se pone triste, compra un periódico en el kiosco de la esquina y ocupa aquella vieja sombrilla que le regaló su amigo Otoño, uno de los tantos que hizo volar traviesamente con su primo Viento. Y no es que esté insinuando un infructuoso intento de Lluvia por matarlo, por supuesto que no. Lluvia y él, por paradójico que sonase, eran muy buenos amigos, de hecho era su mejor amiga. Pero lamentablemente nunca podían reunirse a platicar, a beber un café, a escuchar algo de música, pues sus opuestas consistencias siempre los habían mantenido distanciados.

Primavera era fastidiosa y malcriada. Sol había tenido que aprender a trabajar con ella, pues  estaba condenado a cada mañana verle el rostro floreciente cuando Invierno se marchaba. Primavera era un niña mimada, le gustaba molestar a la gente con su gran amiga Alergia, ambas reían a carcajadas cuando provocaban un incesante coro de “achús”.

Sol estaba condenado, pero no tenía más opción que esperar a Verano. Verano llegaba todos los años atrasado, por algún extraño motivo nunca se sabía cuando Primavera partía y él llegaba a ocupar su puesto, la época estival era imprecisa. Lo que estaba claro es que él y Sol eran muy buenos compañeros, aunque le quitase protagonismo.

©Maciej Frolow

En el último tiempo Sol se había vuelto bastante impopular cuando trabajaba junto con Verano. Los comentarios iban y venía, la gente lo culpaba de que sus malignos y casi diabólicos rayos ultravioleta provocaban que la gente muriese de cáncer a la piel o que las rubias jovencitas envejecieran prematuramente a causa de su compañía. ¡Ridiculeces! Pura envidia, le decía Viento cuando llegaba con Otoño, muchas veces a él mismo lo habían acusado de malvado por volcar paraguas y botar de bruces a abuelitas.

Aquella tarde de Invierno, el más frío desde hacía un par de años, Sol se había puesto a pensar. Nadie sabía que en su centro ardiente, ardía un loco e imposible amor por Lluvia. Y sí, estaba celoso de Invierno, que podía platicar con ella y hacerla llorar por semanas (pues llorar para ella no era malo, sino una señal de profunda felicidad) ¡La angustia! ¿Qué tenía de malo él? ¿Era acaso su color? ¿Demasiado anaranjado? ¿Demasiado gordo? Quizás debía ponerse a dieta y la gente dejaría de molestarlo por dañar sus pieles y cosechas. Que horrible existencia, se repetía aquella tarde.

Se detuvo en la mitad de la calle y observo hacia el cielo, no volvería allí hasta que ella se fuese… y sería otra época de trabajo con la fastidiosa de Primavera. ¡Oh, daría todo por ser opaco y frío! Verano se lo había dicho, nunca nadie vive contento con lo que tiene… Realmente estaba harto de que lo acusaran de separar familias y cuasi matar al viejo pascuero con su buen trabajo. ¡Renunciaba! LM

©Piero Damiani



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2 Comentarios , Deja un comentario

  1. 1

    ¡Me encantó! Felicitaciones, muy lindo cuento!!!!

  2. Ruby Canales

    2

    Me hizo viajar a los cuentos de niña… está precioso, romántico y entretenido!!! Felicitaciones quiero maaasss!!!

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