El Genio De Van Gogh

“Soy un pintor de campesinos, así es en realidad…allá me siento en mi ambiente.”
(1884)
Vincent van Gogh

Es tanto lo que se ha dicho y escrito sobre Vincent van Gogh, que parece no haber espacio para más. Sin embargo es tal la genialidad de este artista holandés que su obra, su vida y su persona siempre dan para más análisis, para más contemplación, para más asombro y más incógnitas.

Que se trate de un autodidacta, quién en un período de tan sólo 10 años realizó alrededor de 870 pinturas, sin incluir acuarelas, dibujos, litografías y un aguafuerte, lo convierte en un creador singular.

Consagró su vida al prójimo, primero a través de trabajos de misionero, sacrificando su propio bienestar a favor de los más desamparados, y luego, cuando todo parecía perdido, confuso y oscuro, surge la luz en las tinieblas: Vincent decide convertirse en artista. O tal vez sería mejor decir que Vincent va a continuar su labor de predicador, pero en una forma un poco diferente: su palabra será el color, y su religión la naturaleza que lo conectará, consciente o no, a un Ser superior y divino. Su credo será el amor. Es ese amor el que lo va a impulsar a una temática orientada hacia el que sufre, el que trabaja con sus manos para ganarse el pan: el minero, el tejedor y, sobretodo, el sembrador. Así, de la duda surge la esperanza, y obras como “Los comedores de patatas” salen a la luz, concebidas como estudios o, simplemente, como gritos desde lo más profundo de su ser.

Como todo hombre de su tiempo, Van Gogh no se vió libre de las influencias que otros movimientos, como el Impresionismo y Puntillismo, podrían ejercer sobre su obra. Sin embargo estaba dentro de sí conocerlas, asimilarlas, para luego interpretarlas a su propia manera. Tal es el caso de la xilografía japonesa (ver Nota sobre las Xilografías Japonesas), de la cual Van Gogh rescata, a su manera, los tres elementos básicos que conforman la estética de los grabados japoneses: la superficie, la línea y el ornamento. Estos tres elementos son fácilmente reconocibles a lo largo de la obra del artista, tanto en su pintura como en su dibujo, desde que en 1885, en Amberes (Bélgica), conoce y comienza a coleccionar grabados japoneses. Esta colección es para su hermano y para él. Pertenece a ambos, como también su obra le pertenece a Théo. Es que su concepción del quehacer artístico, ya sea la producción, la supervivencia, y la estimulación, deber ser compartidas por los mismos artistas. Con esto en cierto modo justifica las reproducciones que realiza de cuadros de Millet, Delacroix, Daumier, Doré, Rembrandt y Gauguin.

Una vez establecido en Francia, su temperamento sensible no tolera la hipocresía de la bohemia Parisina, así que huye al campo, al sur, a refugiarse nuevamente entre la gente sencilla. En Arlés sueña con fundar un estudio en el sur, de sentar raíces para él y para que otros pintores, perdidos en las tinieblas, pudiesen encontrar una luz que hiciera su travesía más tolerable. El mismo encontró en el Mediodía lo que por el momento su corazón buscaba: la energía que alimentaría el fuego de su alma creadora.

Y así, el artista continuó su evolución hacia un arte cada vez más expresivo, más luminoso, más único y especial. Atrás quedó la paleta sombría de los inicios, y los colores complementarios, ya incorporados en París, alcanzaron purezas casi agresivas. Y apareció el color amarillo inundando todos sus lienzos, llenándolo todo de sol y de amor, en su búsqueda por alcanzar la “alta nota amarilla”.

El artista, que había despegado en un vuelo sin retorno, alcanzaba alturas que él ya presentía como importantes, valiosas para el futuro. Por esto, su urgencia lo llevó a pintar con la rapidez y soltura que admiraba de los japoneses, ellos que contemplaban la naturaleza y la plasmaban en todo su esplendor.

La urgencia, por otro lado, lo llevó a la locura, gracias a la cual, aunque suene irónico, su estilo se tornó aún más expresivo llegando a la exageración de la forma en un afán apasionado de expresarse y llegar así a otros. Si se observan sus obras con atención, con la mete en blanco, se escuchará lo que nos tienen que decir. Se sentirá…

Sus últimas obras, especialmente, lograron captar la profunda soledad en que se encontraba el artista, y todos sus autorretratos miran al observador con una mezcla de tensión, escepticismo, y, siempre visible, un dejo de tristeza. Toda la fuerza está en esos ojos. Los ojos de un hombre que observaba y hacía de lo ordinario y común un pretexto suficiente para su obra, y para su repetición, una y otra vez. Un ejemplo es el girasol. La luz, el amor y el sol, la esperanza, la vida misma, todo bajo el símbolo de una flor, su flor, tu flor, tu girasol, Vincent van Gogh.

Nota sobre las Xilografías Japonesas

A partir de 1853, año en que se abrieron los puertos japoneses al comercio con Occidente, los grabados japoneses ejercieron gran influencia en la estética de toda Europa. Su influencia abarcó todos los campos de la estética, y en especial el de la pintura. Artistas como Edouard Manet, Edgar Degas, Paul Gauguin, Henri de Toulouse-Lautrec, Gustav Klimt y Egon Schiele rescataron de estos grabados ciertos elementos que demuestran esta influencia. Y Van Gogh no fue la ecepción.

Los primeros grabados aparecieron en Japón en el siglo XVII en la ciudad de Edo, la actual Tokio, la ciudad de mayor actividad del país. Estas láminas muestran la agitada vida de un “mundo que fluye”, es decir, de la ciudad de Edo. De ahí los grabados reciben el nombre de ukiyo-e, es decir, “estampas del mundo que fluye”. Son estampas realizadas por xilógrafos y grabadores según un modelo pintado, baratas y reproducidas en gran número. Sus temas cubren todo lo que requiere la imaginación del comprador, desde escenas de la vida cotidiana de Edo, escenas históricas, actores famosos, paisajes, flores y animales, hasta escenas eróticas y cuadros de mujeres hermosas que servían en las casas de té.

En cuanto a la estética de estos grabados se puede resumir que no se copia la realidad, sino que se busca captar el sentimiento que anima al modelo mediante un pincel de movimiento rápido y preciso, resultado de años de duro adiestramiento a través de la copia de modelos que concentran la experiencia de siglos. El hecho que sean “estampas del mundo que fluye” también se reafirma en esta pincelada rápida, en una línea bien definida, con movimiento y fluidez, y en los ritmos de las direcciones.

Autor: Paola Galbiati